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Va uno por esos caminos de la vida y se encuentra de vez en cuando con criaturas que sólo pueden ser producto de la fantasía o la enajenación, hijas de la borrachera o la felicidad (esas hermanas que muchas veces salen juntas).
Cuando se va a La vita é bella, del italiano Roberto Begnini, se cruza una puerta que nos lleva directo frente a un ser con esas características. Hay que olvidar ciertos prejuicios tradicionales y entregarse a la historia. Este es un juego por niveles, cada uno más complejo que el anterior. Pueden parar aquí los que no estén interesados.
Eros y Muerte (Tánatos) son reunidos por una risa celestina. Ella los presenta, los cruza, y los deja, ya para siempre, atados a la condición humana. Ahora sí, comienza el juego
Nivel uno: Chaplin nunca muere
Todo el mundo menciona el parecido casual o meditado, no importa de Begnini (protagonista, guionista, director) con el maestro Chaplin, tanto en forma como estilo. También encuentran algo de Marx (Groucho, Harpo, etc), Keaton, y, los más exhaustivos, hasta de algunos italianos contemporáneos. Como la admiración puede adquirir la forma del objeto admirado, no es un pecado que este hombre haga lo que hace; incluso es de justicia reconocerle algunos destellos de auténtica comicidad. Sólo habrá un Chaplin, está bien, pero el italiano puede ser un epígono decente, y las risas inocultables que acompañan a la película demuestran que el humor primario, de golpes, maromas y tortazos, siempre será bienvenido si se hace apropiadamente.
Nivel dos: la mentira os hará felices
Trocar en risa el miedo que los bárbaros producen. He ahí una muestra clara de valor e inteligencia. Dudar al respecto es olvidar lastimosamente esa constante tragicómica de la condición humana. Olvidar al Fellini de los primeros tiempos, al Allen de nuestros días, al Chaplin de siempre; olvidar incluso, para hacer la comparación directa, el Pascualino siete bellezas de Lina Wertmüller, donde el italiano Giancarlo Giannini hacía chistes para aliviar su penosa estancia en un campo de concentración nazi. No es pues nuevo el tema ni su tratamiento.
Llegar a este nivel es aceptar el humor como terapia, ir un paso más allá del chiste fácil, decubrir el absurdo y combatirlo con el absurdo mismo. Por eso el personaje de Guido inventa un universo de mentiras y bromas de situación, para que la locura que poco a poco se va colando en su tranquila vida no lo fulmine completamente. A camisas negras, Guido responde embistiendo sobre su caballo verde contra aquellos que lo pintaron.
Nivel tres: la función del artista
El título es prestado. En este punto creo necesario acudir a un diccionario especial. Para mí, explica hermosamente lo que es un artista usando la experiencia de los judíos en los campos de concentración, lo que, por casualidad, se ajusta como guante a la trama de La vita
Un oteador es elegido dentro del vagón que transporta a los judíos para que relate lo que ve del mundo exterior. Este precario contacto da sentido y esperanza (alegría) a todos los demás.
La vida de los condenados hacinados en el vagón era espantosa, pero si el mundo de los vivos era verosímil, entonces la vida del vagón se convertía en una ficción resultante del juego de otras leyes que condenaban a vivir en el horror, sin culpa alguna ni haber sido acusados de nada. Se mantenía de ese modo la esperanza de que el horror tuviera un final.
Eso es exactamente lo que hace la película. El libro es el Diccionario de las Artes, de Félix de Azúa. Editorial Planeta, pag. 52, serie Diccionarios de Autor.
Ante la barbarie, y para no ser como ellos, buena es la alegría. Ya deben saberlo todos aquellos que lo hacen con ganas y amor: La risa es bella
La vita é bella, de Roberto Begnini con Roberto Begnini, Nicoletta Braschi, Giorgio Cantarini
director
Begnini
Es el payaso nacional de Italia, pero no uno cualquiera, ya que igual recita a Dante como discute sobre la situación política de la Europa comunitaria. También cuenta chistes en las fiestas y reuniones.
Muchas veces (ésta por ejemplo), un comediante usa los recursos dramáticos del equívoco y la suplantación para reirse impunemente de tantas cosas que parecen estar bien sin estarlo.
A pesar de su aspecto esmirriado y su menudencia física, arrollando con su vozarrón y su energía, este señor se sale con la suya a la hora de hacer crítica disfrazada de chiste.
Fuera de su país se ha visto en películas como El Hijo De La Pantera Rosa, y, principalmente, en dos títulos de Jim Jarmusch que lo instalaron fuertemente en el inconciente cinemátográfico norteamericano. Pocos espectadores, pero selectos. Las películas son Down By Law y Night On Earth, donde hace papeles desbordados, casi abusivos, con una especial mezcla de gestos y textos.
Después, con su personaje elaborado y su estilo a punto, empieza una serie de películas hechas en los 90s: Johnny Stecchino, y El Monstruo, dos títulos que muestran a un Begnini jugando al borde de lo grotesco para tomar por asalto nuestra sensibilidad. Uno se ríe, se descuida, y el tipo lanza una carga de ironía. Eso, sí, hay que tener ojos para verla.
alquilado
La Naranja Mecánica
Cuando el año dos mil era una frontera todavía lejana y los hombres no se habían repuesto de ver a su luna pisoteada por el arrollador progreso (y la NASA), cuando muchos miraban hacia las estrellas en busca de esas respuestas que charlatanes o astrólogos light eran inacapaces de dar; cuando, en fin, el mundo creía sin reservas en la leche y miel del futuro; en ese justo momento, algunos verdaderos iluminados sabían exactamente dónde mirar: hacia adentro.
Uno de ellos respondía al sonoro nombre de Stanley Kubrick, neoyorquino de talento, ojo y ambición que dejó para la historia del cine un puñado de títulos memorables y perturbadores. Entre ellos, A Clockwork Orange (La naranja mecánica) donde Alex (Malcom MacDowell, en la foto) bebe leche, violencia, sexo y Beethoven, todo para descubrir que su rebeldía es una coartada que el sistema necesita y utiliza a fin de perpetuarse con sus horrores, sus torturas y su dominio de la individualidad.
Entre los impulsos primitivos y las ganas de una sociedad tranquila, A Clockwork... es una sesión de hipnosis, una obra teatral con drama exacerbado, pero, sobre todo, y por la vena del ejemplo crudo, una madura reflexión sobre la violencia y sus encarnaciones. Una obra maestra, entre otras, de un director excepcional, recientemente desaparecido.
bloque de cortos
El que diga, con cara llena y sonrisa postiza, que todo está bién y el futuro luce claro, tiene mucho que aprender todavía.
El que no quiera ver los vaivenes que dirigen la nave del Oscar, cada año a un puerto diferente, según las mareas del momento, tiene mucho que ver todavía.
Este año, pasado es el tiempo verbal que funciona. Entre el fantasma de la segunda gran guerra, que no nos cansamos (no se cansan ellos) de visitar, y la Inglaterra de los 1600, se tiende en esta oportunidad el meridiano de las películas valiosas para la Academia de Holywood.
La Vita e Bella, The Thin Red Line y Saving Private Ryan, son tres intentos diversos por dominar un sólo monstruo verdadero, desde la comedia, el diálogo interior o la epopeya doméstica. Todas, por supuesto, tienen sus méritos formales, pero hablando de estilo y aceptación, es de esperarse que la más afortunada resulte ser aquella (
Ryan) que evita los cortes más profundos. En este tipo de llagas no conviene hundir demasiado los dedos por lo general acusadores- y dejar las cosas a flor de piel, donde están los escalofríos y el llanto fácil.
El otro grupo es de la Realeza y Literatura, mostrado a través de dos figuras paradigmáticas.
Elizabeth, dirigida por el hindú (o indio) Shekhar Kapur, cuya anterior película The Bandit Queen se recomienda, es una recreación casi histórica de aquella reina joven, chévere, protestante, hija de Enrique VIII y Ana Bolena que aprende sobre el campo (casi siempre de batalla), lo que son las intrigas, los placeres y la miseria humana que se pasea en las cortes
La otra película, Shakespeare in Love, es un ejercicio de liviandad, un intento, algo entretenido, de acercar al señor William a su público lector (que hoy por hoy, gracias al cine y la tv., también es espectador). Haciéndolo protagonista de una comedia clásica se consigue un paralelo simple con sus obras más conocidas y se pone su obra al nivel de todos, como sólo Hollywood sabe hacerlo.
A lo mejor la veta del futuro ha sido tan explotada, o la realidad ha desvirtuado tantas fantasías que sólo queda mirar atrás. Este año al menos, tío Oscar ha pedido asilo en el país del ayer para otorgar sus dones, y eso puede estar bien, siempre y cuando nos sirva para algo y no nos quedemos allá.
Braulio Uribe
braulio@elocio.com |
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