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bichos raros

La moda nunca me ha trasnochado. Y no lo va a hacer ahora, después de los treinta: cuando encontré un trabajo donde no tengo jefes, y a nadie le importa, al menos en apariencia, cómo me vea.

Sin embargo, tengo que confesar que últimamente le he puesto más cuidado como fenómeno social y cultural. Lo digo porque de repente noto que a la gente se le ha quitado la fea costumbre del marquillismo y, la uniformación de tipo comunista a la que nos vimos sujetos por los últimos 20 años, está finalmente desapareciendo. Ya no nos vestimos todos igual, aunque la tradición persista en algunos. Hasta hace un par de años, ver una mujer en la calle era como verlas a todas, y lo mismo los hombres. Se peinaban, vestían, caminaban y hablaban tan parecido, que a veces esta ciudad se asemejaba al imperio de los clones: Pekin 1960, Un Mundo Feliz, el Planeta de los Simios… todos iguales.

Ahora en cambio, hay una mezcla entre hippie viejo, chica go-go y familia Supersónica tan variada, que estoy por pensar que todo es culpa de la televisión por cable o el Internet. Finalmente, mis shorts y mis suecos ya no parecen ofender sino a unos pocos. Finalmente, después de haber tenido en mis días el pelo color fucsia o mohicano (o los dos a la vez), cadenas, aretas, bufandas, gabardinas y sandalias, veo por fin una luz al final del tunel. Me puedo vestir fresco sin que todos volteen a mirar al bicho raro.

Juan Camilo Jaramillo


simpleza

De la moda me gusta su final, su imagen, su exhibición de cierre. Quiero ahorrar procesos y fijar mis ojos, mis sentidos y mis fantasías en esas diosas efímeras que son las modelos, con sus bellezas extrañas e irreales. Lo admito: es voyeurismo puro.

Moda, dicen, y viajo en sueños a un salón con pasarela donde unas personas lucen ropa diferente, mientras los demás miramos. Eso es moda; una de ellas al menos, la que mueve el mundo de la textilería y confección, el modelaje y la moda misma.

Pero hay otras. La moda está dividida, y no todos los trapos van con todo el mundo. Diseño, marca, precio, diferencian a quienes los portan de los otros, o los junta con los que se visten igual, o parecido, no hay escapatoria. El traje comenzó modestamente, sólo quería cubrir y proteger, y se volvió un objeto que dice cosas de su portador. El hábito sí hace al monje.

Por eso hay tantas modas como gente con ganas de vestirse a su manera. Algunas serán reconocidas y divulgadas mientras que otras, por discretas o extrañas, serán las pintas raras, la moda de los enemigos.

Si es cierto que la moda es también una ciencia social, ésta es mi declaración de principios: Tonos básicos. Cortes simples. Tendencia mínima. Quiero llegar al punto en que no piense siquiera en la ropa del día y sólo me la ponga. Simple, simplemente.

Braulio Uribe


el drama nuestro de cada día

Una mujer normal, una de esas que tiene lo necesario y vive antojada de la mitad de los almacenes, debe tener un closet lleno de camiseticas de todos los colores, anchos, estrechos, mangas y escotes. Pantalones de diferentes telas, colores y anchos de bota. Zapatos de todos los colores y materiales: tapados, destapados, con correas y de amarrar. Faldas largas, 3/4, minis y microminis. Busos cerrados, saquitos abotonados. Camisas de manga larga, manga corta, entalladas, anchas.. Chaquetas de varios colores y materiales… La lista marea. Pero todo es imprescindible, básico, fundamental.

El drama diario de esa mujer normal es aquel del que todos los hombres se burlan. ¿Qué me pongo?, ¡No tengo qué ponerme!. Al closet no le cabe un pañuelo pero entre todo ese montón de telas no hay nada que sirva simplemente porque –contrario a los hombres– tenemos unos ciclos muy cortos en los que a ropa se refiere. Nosotras miramos las revistas y llegamos odiando lo que tenemos en el closet. Nos gustan más las vitrinas o las camisas de la amiga (aunque compremos la ropa en el mismo almacén); muchas veces nuestra ropa se ve mejor prestada. Las colecciones recién llegadas de París no nos caben en la tarjeta de crédito, a las modelos todo se les ve bonito… Eso, todo eso, sólo puede generar histeria matutina.

Carolina Corrales


el ojo y la cara

Recuerdo el momento exacto en que dejé de estar a la moda. Me fuí para mi almacén favorito de jeans franceses hechos en Colombia con telas colombianas. Me probé el mismo modelo que venía comprando desde hacía diez años atrás (un clásico absoluto). Ajustó a la perfección, como siempre. Salí del guardarropa. Le solicité a la empleada que me lo empacara (el pantalón). Acto seguido me dispuse a pagar. Luego de recibir un doloroso guarapazo de seis cifras, pagué con una nerviosa sonrisa en mis labios trémulos. Me dió pena decir que muy caro, que se salía de mi presupuesto, que gracias o que iba a sacar las cesantías para comprarlo… que después volvía. Camino a mi casa, me fuí apretando el jean contra mi pecho. Me daba miedo que alguien me lo arrebatara, que alguien me separara de mi segundo más preciado tesoro (el primero era, desde luego, mi colección de Queen). Ese día comprendí varias cosas: que a uno lo pueden matar por robarle cualquier prenda (hay tenis de 200 mil pesos, jeans que valen un ojo de la cara, camisas que pasan de 100 mil…); comprendí que nunca más en mi vida iba a volver a estar a la moda. Porque estar a la moda es vestirse de marcas originales; es rechazar las viles imitaciones que confeccionan en algún mísero pueblo nacional aun no destruído por las pipetas. Estar a la moda es tener el dinero y la actitud suficientes para ir a los colores y estilos que propongan tipos con el pelo verde, pantalones amarillos y camisa roja. Estar a la moda es despojarse del gusto y las motivaciones propias en aras de construirse una personalidad y una imagen que a todos guste, que no desentone, que no haga quedar mal a tus amigos in. Estar a la moda es un ejercicio de desarraigo de prendas con las cuales uno se puede encariñar. Y uno, sin plata, es poca la actitud vanguardista que puede desarrollar… Ya no me da miedo lucir mis ropas detenidas en algún lugar del tiempo y el espacio. Ahora estoy en la moda de los que no les da miedo lucir las ropas detenidas en algún lugar del tiempo y el espacio.

Javier Rodríguez

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Página actualizada el martes, 15 agosto 2000
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