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fiesta, tragedia... tan lejos, tan cerca

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zzzzz

Hace días que me aburro como una ostra rumbeando aquí. Debe ser porque me estoy volviendo más exigente, más viejo, o porque la ciudad no atina a madurar en ese sentido.
El caso es que los lugares cada vez son más paisotas, más aburridos, más Mango’s. Lo peor es que, en retrospectiva, la cosa parece una venérea urbana incurable que siempre hemos tenido lo paisas: deficiencia nocturna, mal de la noche, tedio noctámbulo. Seamos francos: aquí no sabemos rumbear. Con tranquilidad puedo decir que hoy no hay un sólo lugar en esta ciudad donde la música, los precios y el servicio cumplan con los mínimos estándares. Cuando no es el chucu chucu de siempre, es algo peor: vallenato a un volumen espeluznante. Los lugares de salsa donde no haya cuchillada bailable cada noche, ya son raros, y el resto, son discotecas que más bien parecen un laboratorio de euro-trance basura, donde la pre-adolescencia de la ciudad, jarta de no tener posibilidades, se amontona como sardinas en lata a sudar copiosamente, y tomar agua excesivamente cara. Además, un par de bares nuevos tipo lounge, que prometían al principio, son ya embajadas de nostálgicos sin remedio tan patéticas que el comensal más joven se emociona hasta las lágrimas con cualquier canción de los 80’s. Lo único que aquí queda son las fiestas privadas, las que la Policia no deja pelechar, de todas maneras. ¿Rumbear?… ¡bah!
Juan Camilo Jaramillo


privado

Hacen falta fiestas. Sin ellas, todos los dias son iguales, y nos puede comer el aburrimiento. Por eso, más otras razones de antropologia profunda, es que buscamos esas corrientes de adrenalina o simple contento que las fiestas dan. El problema es que por lo general, cuando se usa la expresión, se trata de celebraciones colectivas, perfectas para la tonteria masificada y el fastidioso síndrome del rebaño.

En lo que a mi respecta, no soy bueno para las fiestas multitudinarias. Me enferman las concentraciones numerosas, me ofusco de pensar en los posibles desórdenes, sobre todo cuando se trata de asuntos tan populares como el fútbol o la música (popular). Soy "fiestofóbico" en ese sentido. Claro que la culpa no es del fútbol ni la música sino de las personas, de nuestra eterna propensión a cretinizarnos cuando vamos en manada.

Las fiestas locales, por su parte, sirven para reafirmar las tradiciones del lugar (propósito bien intencionado, pero tonto en ocasiones) y para proporcionar diversión a la ciudadanía en general. Es una historia de la que ningún pueblo se escapa. Cada cual tiene su fiesta, su feria o su carnaval, y cada uno es el que cada sitio se merece.

Por eso, mientras navego desprevenido a través de la corriente humana que inunda la ciudad en cada feria, preparo mi fiesta mínima y privada. Placer sin incomodidades. Funciona para mí.
Braulio Uribe


la noche predestinada

Desde que recuerdo, el viernes –y principalmente su noche, que ahora empieza desde las horas de la tarde- ha sido el día más esperado. He notado, sin embargo, que para muchos, los viernes son días de intensa incertidumbre, lo que tendría su origen en diversos factores.

En semana, los asuntos del cuerpo parecen suspendidos en el tiempo como a la espera de que llegue el día definitivo, cuya noche fue hecha para cometer toda suerte de excesos, y la espera se puede hacer eterna. De otro lado, las invitaciones –muchas o ninguna- a vivir una noche de frenesí, quizás lleven parte de la culpa: los que no saben para dónde coger por el exceso de opciones y los que (las que, principamente) saben que les tocará comentar el lunes lo buena que estuvo la programación de televisión el viernes en la noche. Sospecho, además, de otro motivo de perturbación que causan los viernes: son días en los que grandes cantidades de trabajo quedan incompletos, imperfectos; las cosas quedan a medio hacer hasta el lunes, cuando la rutina retornará a escritorios y a bodegas.

Parece ser, entonces, que los jueves se volvieron viernes como respuesta providencial al aumento de esa enfermedad mental llamada desasosiego. La espera por el día señalado es más corta, estar solo (sola, principalmente) en jueves es natural –hasta aceptado socialmente-, ya no importa si al día siguiente te invitan o no y, lo mejor, se pueden terminar labores inconclusas, aunque sea en medio del más aterrador de los guayabos.
Juan Carlos Gómez


me muero de la dicha

Aquí uno se muere… por pasar bueno; y de hecho le dan gusto. La celebración de los acontecimientos felices está unida a la tragedia. Festejamos los triunfos de nuestros deportistas, de nuestros candidatos políticos, de (no se me ocurre nada más…)… de una forma radical. Nuestra historia, idiosincracia, nuestros genes nos mandan a terminar mal lo que empezó bien… y debería terminar mejor. Vamos por la vida dando tumbos. El trago es la constante; el licor que saca de cada uno lo mejor y lo peor. Nos diferenciamos tristemente de un montón de países que encontraron en la comida el factor común para congregarse alrededor de los hechos alegres. ¿Qué creemos encontrar detrás del trago que no entrega la realidad real? El problema es que no lo sabemos, pero seguimos buscándolo. Licor y alegría no están juntos, como lo afirma la publicidad de todos los etílicos. Vivimos en excesos. Nos controlan los polos. Tenemos borrachos buenos y malos… pero siempre hay borrachos. Bebemos para estar felices. Y es que la realidad feliz no alcanza. "Me emborracho, picho y peleo". ¿Cuántos de nosotros somos producto de esa ecuación popular? Malditos nosotros, incapaces de la felicidad total. Malditos nosotros, tan cerca, tan lejos de la vida-muerte.
Javier Rodríguez

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Página actualizada el viernes, 28 julio 2000
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