|
|
sólo duele, cuando me río
Me siento encarcelado en mi propia ciudad, en mi propio país. Tenemos en Medellín el peor índice de desempleo en Colombia. Somos la ciudad con más criminalidad en el país más peligroso del mundo. La gente es ruda en la calle, el tráfico cada vez más parecido al de Bogotá, no hay dónde rumbear decentemente sin que te rompan los tímpanos a punta de vallenato o trance barato. Sí, ya sé: Medellín es la sucursal del cielo, aquí están las mujeres más bonitas del universo entero, los paisas tenemos muchísimo empuje, construimos las mejores carreteras, somos unos putas (¡si uff!)... Pero yo tengo ganas de irme como los miles de compatriotas que ya lo hicieron. El problema es que me quiero ir, pero no por lo anterior. No es tampoco económica la decisión. Es más bien de principios. No sé si es que falta que nos amenacen en serio o que secuestren a alguien cercano (o a mí), para dar el salto final y empacar definitivamente. Lo único que sé es que a pesar de tener ganas de irme no me puedo ir. No me puedo ir porque si nos vamos todos, les dejamos el páis a los que se lo quieren tomar. No me voy porque no me puedo llevar a toda mi familia y amigos. Irse, simplemente, es declararse vencido.
Juan Camilo Jaramillo
romper con uno
Un éxodo implica una tierra prometida. En su afán por llegar a ella, con razón y sin descanso, las gentes corren mil riesgos y aventuras sin cuento.
Uno se va (la mayoría de las veces al menos) porque no está contento, ni siquiera conforme, con la vida colombiana de todos los días. Porque está harto del despelote que se nos volvió costumbre, de la violencia loca que ya no entendemos, del hambre nuestra de cada día, de la vergüenza inocultable (ajena o propia) que produce ser de donde somos y hacer lo que hacemos. Por eso el éxodo es una ruptura con uno mismo y los otros, es cambiar el paisaje y las emociones, las sensaciones, los amores y los humores con que uno cubría su vida hasta hoy. Mañana, el día preferido de los que se van, será otra cosa.
El éxodo, desde esa perspectiva, es fácil de explicar: se trata de buscar una mejor vida, y por más desprendido que uno sea, tiene mucho que ver con las condiciones materiales de esa vida. Es muy dificil entregarse a los placeres de la contemplación si se vive con miedo, o sin pan.
Por eso no me parece tan descabellada la idea. La patria no es más que una abstracción, y si la que nos tocó en suerte no resulta digna, pues me siento autorizado para buscarle un marco más acogedor a mis sueños. El nombre de la tierra o el idioma no importan; lo que llevo por dentro, sí.
Braulio Uribe
es mejor venirse
Conozco, en primera persona, el significado de irse. No la partida dramática e indeseable por amenazas, ni la entrada por el hueco a América en busca de oportunidades, ni el viaje de estudios al exterior, sino la marcha hacia otra ciudad por meras razones laborales. Por casi dos años viví, afuera, una experiencia edificante en el plano profesional, un tiempo enriquecedor en el aspecto personal pero unos extremos aterradores en el mapa emotivo, pues me fuí solo dejando aquí familia y amigos. Cuando sos de los que no disfrutan la soledad, y estás lejos y solo, cosas simples se convierten en tragedia: una gripa que te tira a la cama tres días y no hay nadie alrededor; un fin de semana completo con televisor, prensa y libro como únicas compañías; la horrible necesidad de pedir comidas a domicilio (algo en apariencia menos deprimente que almorzar solo en un restaurante un sábado); la inmensidad de los 25 metros cuadrados del apartaestudio que te quieren tragar entero... todas, enfermedades que empiezan a aliviarse cuando vas rumbo al aeropuerto, tomás el avión y emprendés el más maravilloso de los viajes sin importar lo movido que sea rumbo a la tierra. La cura definitiva llega cuando te reciben en el aeropuerto, respirás, sentís ese frío acogedor y sabés que estás en casa... no hay nada mejor.. no hay nada mejor.
Juan Carlos Gómez
ciudadano de segunda
Irse significa renunciar. Quedarse es también una forma de renuncia: significa decirle más tarde a los sueños; quedarse es aplazar la ilusión de ser feliz, de andar por ahí intranquilo, con los miedos propios de quien no ha hecho nada pero teme por las culpas de otros, los miedos de otros. Resulta paradójico pero ahora, cuando este país está más vuelto mierda que nunca, es cuando menos ganas me han dado de irme. Quizás ya sé con certeza lo que me espera afuera (tomando prestada y parodiando la lapidaria frase de El Patrón: prefiero un escritorio en Colombia que una trapeadora en los Estados Unidos). Y lo que me puede hacer falta de este extraño y amargo país no es la arepa, el mojicón, los fríjoles o el ajiaco. No es no leer El Espacio, ver a Yo, José Gabriel o sacarle el cuerpo a los vendedores ambulantes de la Zona Rosa. Lo que realmente extrañaría de no estar aquí es el respeto que aun despierto entre un montón de gente (afuera soy un ciudadano de segunda); el reconocimiento a lo que hago, digo o escribo. Lo que me haría realmente falta es el abrazo sincero de unos cuantos que me quieren. Es una maricada absoluta... pero, para mí, vale.
Javier Rodríguez
|
|
|
|