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Unos tipos entran a robar en un banco en Medellín. Apuntan a los espantados cajeros con armas de pavoroso aspecto: ametralladoras, pistolas 9 m.m., etc... Por supuesto, como en casi todos los bancos modernos, las bóvedas tienen sofisticados timers que no permiten a los empleados abrirlas libremente en el atraco de turno... En la mayoría de los casos, los malandrines se contentan con hacerse a varios millones de pesos de las cajas y tratan de huir apremiados por la remota posibilidad de que la Policía haga su aparición a tiempo. Si el mal pagado celador, temeroso de perder su trabajo, decide envalentonarse, un tiroteo es lo más común. También es muy común que el celador pierda algo más que su trabajo, y quede tirado boca abajo en las amarmoladas escaleras del banco. Pero hoy la cosa es distinta. Los ladrones de esta historia no se resignan a lo inevitable... la bóveda no abre, y no va a abrir pronto... En un arranque de increíble ingeniosidad nacional, deciden buscar combustible y prenderle fuego a uno de los cajeros. Prenderle fuego, ¡maldita sea! La víctima muere, por supuesto, dejando esposa y prole, y claro, los tipos se van finalmente sin la plata. Eso, señoras y señores, es maldad... y eso pasa en este maldito (¿bendito?) país.
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Tendencia natural de las cosas a pesar de los utopistas ilusos que pretenden (¡todavia!) voltear el cuento. La maldad se da silvestre, robusta y espontánea; es divertida, rápida y fructífera. La bondad en cambio obliga a trabajar, exige lucha, paciencia, resistencia…
Los seres humanos somos capaces de todo, lo mejor y lo peor. Sí, pero la maldad tira más. Cuando escucho invocar la humanidad de alguien hago muecas de suspicacia. No creo que tendamos naturalmente al bien, y creo también que una simple revisión a la historia (o en su defecto al periódico de ayer) basta para comprobar éso que los verdaderos sabios callan por no asustarnos… más.
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En "El Diablo", un relato de Mauppasant, una anciana agoniza en su lecho de enferma, y su hijo no le acompaña en sus últimos momentos, pues, o la cuida o dedica el tiempo a recoger la cosecha. El tipo contrata entonces a una vieja que presta esos servicios: acompañar al agonizante y, luego, llorar, rezar y dar sepultura. La anciana, que mostraba signos de recuperación, se muere del susto cuando ve al mismísimo diablo irrumpir en la habitación. Este, el demonio, no era otro que la vieja enfermera disfrazada, representando lo que momentos antes ella misma narraba: la terrible e inevitable hora llegada; y que lo hacía sólo para meterle miedo a la enferma con el propósito único de acelerar su muerte pues la paga dada por el hijo indiferente le resultaba poca.
Y es que viejas como esta o tipos como aquel hay por miles, por millones. La maldad disfrazada ronda por todas partes; se siente en el ambiente. O acaso ¿ no conocemos a alguien que pudiera hacer algo por nosotros y no lo hace?; mejor dicho, ¿alguien que se hace el güevón cuando más lo necesitamos?. O quizás, ¿nunca hemos percibido algunos gestos aparentemente bondadosos, de cortesía, como una muy buena payasada que sólo pretende precipitar nuestra caída?
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Toda la vida escuché que la gente robaba porque tenía hambre. También me dijeron que unos señores se habían ido al monte a luchar contra el Establecimiento con el fin de lograr conquistas importantes para las clases menos favorecidas. Durante mucho tiempo creí que si un grupo de personas secuestraban a un acaudalado comerciante, era con el único fin de hacer una lógica redistribución del capital y, de paso, comprarle alimentos y drogas a sus hambrientas y enfermas madrecitas.
Las desigualdades sociales justificaron, durante mucho tiempo, que la gente robara, dinamitara, secuestrara y hasta matara. Ya no lo creo más. Te roban y de paso te meten un balazo o puñalada porque el ladrón tuvo un mal viaje con su droga. Los grupos armados acaban con un pueblo entero por la mínima sospecha de colaborar con el enemigo; fusilan campesinos y policías, les arrancan la cabeza para enviar mensajes aleccionadores; ensayan modalidades más drásticas de asesinato como los lanzallamas... burros y perros bomba. La infamia del secuestro no se justifica por ningún motivo. La humillación y daños sicológicos a las víctimas y sus familiares no tienen ninguna explicación lógica (me trataron bien, dicen algunos liberados). Maldad pura. Maldad generada en el único país en el que no somos extranjeros. Los buenos éramos más.

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Página actualizada el jueves, 6 abril 2000
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