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el perfume

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Sentimos la diferencia desde el momento mismo en que entramos al restaurante. Sin embargo, no es algo que salta a los ojos, un relámpago de luz que te deja enceguecido, sino más bien algo similar a lo que sucede cuando se cambia de corte de pelo, de maquillaje o se estrena pinta nueva. Como observadores notamos que hay algo raro pero a primera vista no podemos dar en el clavo y eso nos obliga a observar con más cuidado. El restaurante -medio escondido entre los callejones y colinas empinadas del centro de San Francisco-, tenía un menú variado y una decoración vibrante. Platillos con una influencia oriental y al mismo tiempo latinoamericana (pargo rojo al horno empanizado con plátano verde, cubierto con una salsa de jengibre sobre frijoles negros y wontons fritos); una clientela contemporánea y una selección de vinos majestuosa, especialmente de los valles de Napa y Sonoma. Mientras cenamos, los aromas que se percibían eran sensacionales. Es increíble como se acentúa la experiencia culinaria cuando se recupera el olfato. Casi podíamos cerrar los ojos y saber si se acercaba nuestra mesera o si alguna chica se dirigía al baño a retocarse la nariz, o por el contrario se acercaba a otras mesas a servirles la cena. Los podíamos identificar por el olfato: la gente, la comida. A pesar de lo bien que la estábamos pasando, aún no encontrábamos el “algo” del lugar, aquella cosa que lo hacía diferente de otros sitios en los que habíamos estado. Bien era cierto que esa era la primera comida que compartíamos en esa ciudad, el entorno, el lugar, todo era nuevo. Mas sin embargo había algo más, y no saber que era ese algo nos molestaba un poco.
Salimos del restaurante en busca de un bar para seguir la noche. Pronto nos dimos cuenta de que no era tan difícil encontrar los bares porque siempre tenían un pequeño grupo de personas afuera, aunque no nos podíamos imaginar que hacían en la calle, la noche estaba fría y se sentía más a gusto adentro. Una vez dentro del bar el “algo” del restaurante nos volvió a intrigar, esta vez, sin embargo, la respuesta a nuestra pregunta nos pegó en la cara con la fuerza de una bofetada: !la ausencia absoluta de fumadores! Ni una sola persona fumando en el bar. En ninguno de los bares y discotecas que visitamos esa noche, ese fin de semana; en ninguno de los restaurantes. El lugar era un oasis para los no fumadores. Finalmente justicia en el mundo para los que nos pasamos la vida evitando el olor a chicote. En este lugar ellos eran los renegados, nosotros teníamos la sartén por el mango. Por una iniciativa del electorado se había pasado legislación para prohibir de una vez por todas la fumadera en lugares públicos. ¿Acaso no estaba bien demostrado que fumar no solo afecta al perpetrador sino a todos los que se encuentran a su alrededor? Era pues justo que finalmente se detuviera esta forma de abuso. Aunque tan solo fuera en esta región, era un comienzo. Finalmente nos dimos cuenta qué era lo que hacían los grupitos de personas a la puerta de los locales: fumar. El placer de llegar a casa luego de una noche de bares y no tener el deseo de incinerar la ropa ni arrancarse el pelo a tijeretazos para quitarse el olor a cigarrillo de encima eran razones suficientes para mudarse a ese sitio. Mas sin embargo volvimos de vacaciones, a los bares congestionados de humo, los restaurantes con secciones artificiales de “fumadores” y “no fumadores” y la memoria de lo rico que sería que esta sensatez se extendiera por todo el mundo. Bares, restaurantes, discotecas, sin cigarrillos...Eso, definitivamente, no se puede hacer en Medellín.

Rafael Araujo

rafa@elocio.com

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Página actualizada el martes, 4 abril 2000
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