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rumba en tres tiempos

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la academia de baile (a la fox trot)
Violeta llamó a las siete de la noche. "Los invito a una fiesta de una hora", dijo muy animada. "Nos vemos a las nueve al lado del Hotel Hampton Inn". Era un martes cualquiera, pero sentimos curiosidad, y decidimos ir. Violeta y Emil, su novio, son búlgaros, y desde que llegaron han querido entender la forma cómo bailamos salsa y merengue los latinos. Por eso decidieron entrar a una academia donde, por diez dólares (para una clase en grupo, y dos personalizadas), les dan una aproximación a cualquier ritmo.

La profesora era de Milwaukee; tenía unos cuantos años encima, la misma curiosidad de los búlgaros (evidente por escaso conocimiento de los ritmos latinos), y sólo había dos parejas más: unos orientales veteranos y otra pareja de viejitos. El salón estaba lleno de espejos, como en las peliculas, y a las paredes de las oficinas no les cabía un trofeo más. Premios ganados en esos concursos de baile gringos con coreografias de ciencia ficción (a lo Fred Astaire y Ginger Rogers, claro), imposibles de repetir.

A la media hora exacta sirven un ponche dulce y unas bolitas de queso. Los profesores dan una muestra de cómo se debe bailar (más coreografias forzadas), y luego los mismos profesores empiezan a rotar por todas las parejas. Por fortuna no tuve que bailar con el profesor, pero Violeta se empeñó en que yo tenía candela en la sangre, y decidió hacerle un desaire al profesor, animándome a mostarles mi "sabor" latino. Por fortuna el ridículo fue corto. Sonreí estúpidamente, mirando a los profesores con algo de vergüenza y balbuceé un par de apologies. "Un dos, un, dos, tres, atrás...". Me acordaba de mi mamá cuando decía "loro viejo no aprende a hablar". A las diez en punto (una hora exacta, como me prometieron) se acabó la música; pagamos y prometimos volver el siguiente lunes.

Vinnie's Raw Bar (sin baile)
Los sábados por la tarde es más conveniente ir a un raw bar, donde venden ostras y patas de cangrejo allyoucaneat, por unos dólares más. Entrar a Vinnie's es saborear un típico bar gringo del sur. Televisores en todas las esquinas, meseras con escotes atrevidos pero algo antipáticas, y cerveza. Sólo cerveza (generalmente Budweisser) a un dólar. La música es rock puro, clásico, alternado con algo que llaman Progressive Country (a lo Lynard Skynard). Si se consigue parqueadero, hay que esperar a que una mesera lo lleve a uno hasta donde se va a sentar. De ahí en adelante no se hace nada. Sólo se ve televisión, se oye música, y no pasa nada. Ni se oye la música, ni se ve televisión, ni las viejas le paran bolas a nadie. Corbatas y bermudas, escotes y vestidos largos, niños correteando, recién nacidos (aquí es contra la ley dejar a los niños desatendidos en las casas; asi que cargan con los culicagaos para todos lados).

La segunda vez que fuimos, sí hubo acción. Llegaron unos harlistas (conductores de motos Harley Davidson) y, como en las películas, no sólo estaban sucios y tenían apariencia de camorreros, sino que tampoco tenían dientes y todos estaban borrachos. Una señora (parecía la tía), le pasaba la lengua por la oreja a uno de ellos, y seguro le contaba unos chistes muy buenos porque el hombre se reía y le daba palmaditas en la nalga. Los otros (como cinco parejas más de Hell's Angels) miraron feo a todo el mundo y después se contentaron con sus cervecitas frías.

La verdad parecían más piratas que motociclistas. El calvo del parche en el ojo tenía una pañoleta roja envuelta en la cabeza y su pareja (otra mueca como de 50 años, que seguramente tenía 25 pero se veía acabada con tanto polvo de la carretera), le daba palmadas en la cabeza mientras le gritaba como todo un varón, y salpicaba de saliva a todos los vecinos. Dos viejitos con pinta de marihuaneros curtidos (sobrevivientes de Easy Rider, the movie), se miraban tranquilos, sin lascivia. Este seguramente era el lider de la comunidad, porque como dos cervezas después salio empujando a su vieja y detrás salieron los demás, dejando el bar en un incómodo ambiente de tranquilidad. Eran las siete de la noche.

el centro (a paso lento)
Hace cinco años no había nada qué hacer en el centro de Charlotte. Los restaurantes cerraban a las diez de la noche (incluso los fines de semana), pero con el auge económico y el crecimiento de la ciudad, ahora lo más cool es ir a rumbear al centro. A esa hora los parquímetros son gratis, y sólo hay bares (grandes y pequeños), casi todos con música en vivo y siempre con mesas afuera (durante el verano, claro). En la temporada de carreras (a lo Days of Thunder) cierran unas cuantas calles, y la fauna llega en pleno a tomar cerveza en la calle, a escuchar bandas contratadas por la ciudad y el uptown (unos banqueros snobs lo pusieron asi para evitar el peyorativo downtown) se llena de fritangas (nada que envidiarle al Palacio del Colesterol), y puede uno deleitarse con sánduches de cocodrilo, pescado cajún -muy del sur- y otras delicias de lo más exóticas. Por fin, algo que no pensé ver aquí: borrachos en las calles, parejas indiscretas y policia por todos lados. Esa noche nos sentamos en unas mesas en la calle a disfrutar de la diversidad étnica. Ya nos habían advertido: "todos los rednecks (montañeros) bajan a la ciudad a derrochar y a beber"… y así fue. Una cerveza vale algo más aquí (cerca de cuatro dólares), pero todo es accesible. A la izquierda un banda de R&B, dos cuadras más allá una banda local de rock, y en la mitad de la calle toda la variedad de fritos, completaban el cuadro. Detrás de nuestra mesa, en una esquina, una pareja de rednecks, borrachos claro, derrochaban cariño, y sin importarles dónde estaban, se dedicaron a pedírselo el uno al otro, sin pudor. Sólo se fueron de ahí -bastante indignados- cuando un par de policías los hizo levantar de la acera como diciendo "pagale pieza". El resto fue de lo más normal, como en la 70 (en Medellín), ó en la 15 (en Bogotá), pero con mucho mono cacheticolorado. Esos son los fanáticos de las carreras de carros aquí. La rumba duró hasta las dos de la mañana… como allá, en Colombia.
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Página actualizada el viernes, 28 julio 2000
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