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dos allá sí, este número
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si quieres conocer el pueblo americano...
móntate en un bus de servicio urbano
Por: Carlos matta
La primera vez que usé un bus en Charlotte, recordé a mi exjefe (y aún amigo), quien estudió un tiempo en una prestigiosa academia de Inglés en Medellín de la cual se retiró al poco tiempo (no vamos a escribir que era el CCA). Le impresionaban los profesores: un ciego, un paralítico, una mujer que caminaba con dos prótesis. Mi exjefe temía que tantas disfunciones físicas resultaran contagiosas o que fueran una consecuencia lógica del estudio juicioso y exagerado de la lengua de Shakespeare. Pues bien, algo similar temí, aquí, en Charlotte, Carolina del Norte. En esta ciudad sólo montan en bus los bobos, los paralíticos, los alcohólicos, los que tienen la licencia de conducir suspendida y los más pobres, aquellos que no tenemos un carro. Así, a las malas, aprendimos a usar el servicio urbano.
El "pueblo" de Charlotte (apenas con 500 mil habitantes en su área urbana, proporciones estadounidenses), tiene mejor infraestructura que cualquier ciudad colombiana que yo conozca; así que llegar al Transportation Center es, literalmente, un viaje al primer mundo: dos cuadras completas de estacionamiento de buses, información computarizada, mapas de las rutas, horarios, tableros electrónicos... Todo está habilitado para que los ciegos o cualquier otro discapacitado pueda usar el sistema de transporte. Desde luego, también, está hecho a prueba de bobos. Además, con la compra de un tiquete semanal (U$ 10) se pueden hacer viajes ilimitados durante siete días. Esta es, no obstante, la puerta de entrada al mundo descrito por Bukowski, el mundo del que monta en bus, del que camina; del pobre.
estación central
Después de tener un mapa con TODAS las calles de Charlotte, la ruta 15, la Randolph Road, era la más adecuada para nuestras necesidades; una ruta que además pasa por la universidad a la que mi esposa y yo asistimos. La primera sensación que queda es, pues, grandiosa, impresionante. Luego nos enteraríamos de que era uno de los sitios más peligrosos de Charlotte. Sí, como los aeropuertos en Colombia. Ya familiarizados con las rutas y en la rutina de ir a la universidad, era natural empezar a reconocer algunos comportamientos nativos: rap, conversación a buen volumen (algo de gritos)... Nada grave hasta que alguien pide limosna. Un hombre de tez oscura, más de dos metros (rugby size), se aproximó a nosotros y nos habló en un dialecto. Esta vez no sonreí como hacemos casi todos los colombianos (según aprendí en una prestigiosa academia de Inglés de Medellín), cuando nos hablan en otro idioma. Sólo alcancé a balbucear un pobre "ay don espik inglich" y él, cortesmente replicó, de lo más cinematográfico: ¿No comprende?, y siguió su camino. Esa tarde volvimos a verlo. Estaba (más) borracho y algo (más) agresivo. Cuando noté su condición, sin mirarlo directamente, preferí ignorarlo buscando el horario de nuestra ruta en el computador. Inmediatamente se abalanzó hacia mi. Puso su pestilente aliento frente a mi nariz, y sin mayores rodeos empezó a insultarme. No entendí una sola palabra, pero por sus gestos con las manos (especialmente por su dedo de en medio el del corazón el cual resaltaba sobre los otros), y por el tono de su voz, comprendí rápidamente que no estaba "in the mood for a little conversation". Yo repliqué "ay don espik inglich", a cada una de sus preguntas y gritos. Creo que la gente nos miraba. No supe cuántas generaciones de mi familia mencionó. Nuestro bus (extrañamente) se demoró ese día. Mi esposa me tomó del brazo con algo de violencia y nos alejamos de la escena. No pasó nada, después de todo. Subimos a nuestro bus.
pasajero 57
Tomamos la ruta 14, nos sentamos juntos. En la siguiente estación se subió una ciega; más adelante un señor en su silla de ruedas y una mujer con su walkman que parecía bastante normal aunque a los dos minutos ya lloraba (¿cómo se dirá en Inglés a moco tendido?). Un borracho (muy bien vestido), se tropezó con todo el mundo en su camino hacia la salida; un bobo le mostraba a una señora latina su colección de fotografías de actores y películas mientras los demás escuchaban su walkman a todo volumen, apartándose de sus compañeros de viaje.
Durante dos meses las historias se repitieron. Cada vez que usé el bus a cualquier parte de la ciudad temía convertirme, contagiado (como mi exjefe estudiando Inglés), en uno más de los llamados white trash (si son blancos); aquellos que ven el Sueño Americano... desde las alcantarillas. Luego conseguimos un clásico Crown Victoria. Acabaron nuestros viajes en bus, pero empezamos a conocer el mundo de los talleres. Luego nos enteraríamos de que eran los sitios más peligrosos de la ciudad. Sí, como los hospitales en Colombia.
la Tierra Prometida
Por: Carolina Corrales
Uno se monta al avión convencida de que los sueños pueden ser posibles. De que la tierra de las oportunidades le tiene un espacio reservado, y que ahí va a caberle la vida, el futuro, los deseos... los recuerdos. Pero en las historias de la gente común que se escapa de un lugar buscando cualquier cosa a qué aferrarse, los finales no son tan felices, los días de verano no son brillantes y azules sino largas jornadas asfixiantes sin aire acondicionado; las semanas se vuelven una comedia escrita en un cuaderno que uno quisiera que fuera ajeno.
Quería quitarme de encima el colorido provicianismo colombiano. Olvidarme de lo pobres que éramossomos (por ese entonces 1997 el dólar estaba a mil pesos), de mi familia, de una universidad aburridora, de los malos novios latinos. Traía la intención de perderme en la sociedad de consumo, las tiendas Gap, los viajes de bajo presupuesto y, obviamente, en el Inglés. Infortunadamente, en la Tierra de la Prosperidad la plata no se reproduce, aunque puede ganarse fácilmente si uno deja de lado los prejuicios, el asco y la actitud de princesita de cuento.
Si llegas con dos mil dólares no creas que van a durar mucho. En Estados Unidos la plata se esfuma, se pierde en cigarrillos de incomparable sabor y precio sin igual, café carísimo, Coca Cola y Big Mac. Con lo que vives tres meses en Colombia, sobrevives tres semanas en una ciudad vulgarmente costosa como Boston.
El que quiera emigrar sin trabajar, debe quedarse. Y el que crea que los puestos ejecutivos se los ofrecen a cualquier inmigrante, ha perdido la razón. Mano de obra no calificada... por ahí empieza una vida de posible prosperidad. Yo me volví baby sitter, cuidadora de muchachitos ajenos por la no despreciable suma de siete dólares la hora; y que nadie se atreva a decir que era demasido por algo fácil. Si lo dice, o es hombre o nunca ha tenido cerca un niño llorando porque le están saliendo los dientes.
Gases sobre la camisa, pañales sucios, fiebre, sopa sin sal, baño espumoso... el día típico de una niñera. Quien le haya puesto una piyama a un bebé que ya gatea sabrá que se debe ser equilibrista para manejarlo, fuerte para sostenerlo, delicado para no hacerle daño. Hay que combinar las cosas más disímiles.
Cuando estaba sin un centavo limpiaba baños, arreglaba la cocina de algún conocido; tenía la billetera organizada. Perdí la vergüenza y el prejuicio. Si la plata llega como pago de un trabajo honrado, no debe avergonzar a nadie. Las cosas no eran malas, sólo dejaban mucho cansancio, pocas horas de sueño, algún dinero para gastar y cero entusiasmo para irse de compras.
En Colombia perdemos mucho tiempo, somos menos productivos, trabajamos muy poquito pero vivimos más felices. El ocio, la pereza, la locha no sólo son madre de vicios y perversiones, también nos hacen la vida más vivible, le dan verdadero sentido a lo simple.
Si algo me hizo falta no fue el plato típico los domingos, porque en cualquier ciudad de Estados Unidos hay un restaurante antioqueño. Me hizo falta el folclor colorido y provinciano.
La gente que pensé que no quería. Mi atípica familia. El desorden propio de esta tierra atroz, despiadada. Mi espacio, el aire. La música chucuchucu. Los amigos que tengo. La carrera que escogí. Me hizo falta todo lo que quería quitarme de encima.
Intenté huir hasta donde me alcanzara el impulso. Pero la carrera desgastante por alejarme me llevó directamente al punto de partida. Las moralejas de ese tiempo son que uno nace en un lugar hecho a su medida, que los sueños no siempre están a kilómetros de distancia, que el futuro puede ser tan triste allá en el país de las maravillas como aquí en la tierra del nunca jamás. También aprendí que uno puede ganar bien, comprarse ropa de marca y rumbear en los mejores sitios pero la señora es la señora y uno, con la misma ropa que ella, sólo es la sirvienta.
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