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dos horas

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Hoy es un día de fiesta para la mayoría. Los bancos están cerrados, al igual que los colegios y las universidades del Gobierno. El tráfico es ligero. El clima invita a salir a la calle. La brisa que sopla es fresca, casi fría, y el sol brilla de una manera especial. Abandono mi escritorio en el trabajo, llaves del auto en mano y salgo a disfrutar sin afanes un par de horas en la calle. Sin rumbo fijo. Mi primera parada en una cafetería a tomarme un "cortadito", esa versión cubana del "perico" colombiano que te alerta al instante. El significado dual de la palabra me hace sonreír. Por un momento me propongo explicar a los lectores que no es el perico que se imaginan sino el otro pero me confundo con la semántica así que sobran las explicaciones. Sigo por una autopista que bordea el mar —a ambos lados— y respiro profundo; el olor a salado me llena los pulmones. En la lejanía puedo ver el puerto y los enormes barcos de turismo con destino a lugares exóticos. También puedo ver las líneas puras de los edificios del centro financiero, resplandecientes bajo la luz. Un arco iris sale de la ventanas, las estrellas brillan en el agua. Estoy relajado, me siento tranquilo.
Sin tráfico en la calle, a los 15 minutos de estar conduciendo me he alejado considerablemente del trabajo. Me pregunto si mi jefe notará mi ausencia, pero la incertidumbre que me asalta se evapora. Me encuentro rodeado de edificios del período Art Deco, pintados en tonos pasteles, los nombres de los almacenes me atraen: Armani, Prada, Urban Outfiters, Wilke Rodriguez. Estoy a punto de caer en la tentación y recuerdo que salí con la intención de estar en la calle, no dentro de un almacén.
Decido continuar mi aventura a pie; la gente a mi alrededor parece estar viviendo la misma experiencia. Todos se ven tan alegres, en bicicleta, de prisa para la playa, al restaurante a almorzar o tan sólo caminando. Me recuerda a la película "The Matrix" y sus efectos especiales. Estoy en un vacío de relatividad y el tiempo parece que pasara de quinta a primera. Lento. Sigo caminando, sucumbo a la tentación y entro a un almacén pequeño de CDs. Tanta música de la que no tengo ni la menor idea. ¿Dónde está Javier cuando se le necesita? Sigo mis instintos y salgo con un par de adquisiciones. De regreso al auto pongo los CDs y empiezo a cantar "God only knows what I’d be without you…". Llego a un semáforo en rojo y en la esquina veo los titulares de los periódicos del día: "Colombia: una alfombra de cocaína", "Colombia le dispara a los rebeldes desde el aire", "Una delegación de los EEUU visita a Colombia, producción de coca en aumento", "¿Es Colombia el nuevo Vietnam?". Inmediatamente recuerdo que tengo que volver al trabajo y mandar mi contribución para elocio pues hoy es la fecha límite. Allá sí, Aquí no. La columna especializada en contarles lo rico que la estamos pasando en el extranjero. Y pienso: Será que esta escapada es algo que en Colombia es casi imposible de lograr? Dos horas sin la amenaza del secuestro, del ladrón, del robo del carro (si se tiene), de la violencia, de la mediocridad, del desasosiego, de la falta de esperanza, de las cuentas, de la plata que te deben y no te pagan, del miedo de perder el trabajo, de que los servicios funcionen adecuadamente. Dos horas en el vacío de la relatividad. ¿Es posible?

Rafael Araujo

rafa@elocio.com

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Página actualizada el martes, 4 abril 2000
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