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brno (República Checa. Las cosas siempre van mal)

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Al caminar por el parque las hojas secas crujen debajo de mis pies. Ha llegado el otoño y empezó a hacer frío. Hay que abrigarse. Las tabernas se van llenando, y a uno le toca pasar por un montón de locales hasta encontrar unas sillas libres para poder sentarse con sus amigos, escapar del mal tiempo afuera, y charlar tranquilamente.

Allí, en las cantinas baratas, se discuten temas sumamente importantes; se echan chistes, cuentan tonterías y se va tomando. Allí se critica y escribe la historia checa. Al cerrar las tabernas, los rumberos emprenden el viaje a sus casas. El aire poco respirable de los bodegones sin ventilación se les ha pegado como una aureola. En los tranvías de noche queda un sabor a cigarrillo.
En las tabernas me entero de que andamos en tiempos malos. Hay poca plata y todavía menos trabajo, menos oportunidades y menos seguridad. Suena grave. Diez años después de la revolución y un desarrollo democrático, la República Checa está mal. Las cosas o no han cambiado o han cambiado a lo peor. Por alguna razón me parece que las palabras no siempre corresponden exactamente a lo designado. O debe ser que la realidad no es lo que parece. O puede que haya estado demasiado tiempo afuera del país para comprender bien los problemas profundos de la situación actual. Pero lo que veo son las calles repletas de coches caros de marcas extranjeras (¿a dónde han ido a parar todos los escarabajos y Skoda viejos de color naranja o pardo?), y a mi alrededor, semicorriendo, se mueve una gente bien vestida y con celulares. Paro para mirar nuevas casas grandes ya construidas o todavía en construcción, y me da placer ver muchas casas viejas, antes tan grises, bien arregladas y pintadas. Escucho a mis amigos hablar de sus vacaciones y experiencias en Turquía, Grecia, Malta, India, Australia o donde sea. Al llegar a mi casa uso un par de cositas nuevas e indispensables como microondas y tina con burbujas. O puede que esté rodeada de la élite, de la flor y nata, de los que han tenido suerte en la lucha capitalista. Porque en un periódico sí he leído una historia muy triste. Primero me parecía una parodia, pero ahora creo en su sinceridad. Era un grito de desesperación de una pareja joven. Ella está en la casa con los niños, y él lleva ya unos meses desempleado (en otras palabras, tres veces rechazó lo que le ofrecieron en la Oficina del Trabajo). Y los subsidios del Estado son tan ridículos, que durante un año entero los dos no alcanzaron a ahorrar bastante para irse de vacaciones al extranjero. Les tocó pasarlos en una carpa, a la orilla de un lago, en Sur Bohemia. !Qué tristeza!
Y el cuento de la violencia, !todavía peor! Cada otro mes un mafiano ruso asesinado por otro mafiano ucraniano. Las peleas en los estadios. Racismo. Escucho una charla en el radio sobre la seguridad en las calles. Parece haber empeorado tanto que después de oscurecer no es aconsejable salir sin un buen cuchillo en el bolsillo. La tranquilidad nocturna debe ser una ilusion. ¿O será que siempre cuando regreso sola por las calles solitarias escapo de un peligro mortal?
¡Hay que movilizar las fuerzas policíacas! Hace una semana ví un cordón de docenas de militares y policías armados hasta los dientes, moviéndose por el centro de la ciudad. Parecían listos para acabar con una revolución. En realidad acompañaban a un par de peladitos de Praga quienes, al caminar, rebeldemente gritaban el nombre de su equipo de fútbol.
Un amigo colombiano que lleva varios meses aquí tiene la impresión de que en la República Checa no pasa nada, y que los problemas son unos pseudoproblemas. A veces pienso lo mismo. Por eso, para dejar de ver cosas de color rosa, me meto en una cervecería. Entre los hombres (unos machos de cuerpos bien formados por Pilsener), por fin llego a comprender que la situación de verdad está seria. Uno de ellos, sentado al otro lado de la mesa, empieza a quejarse de su vida gris y la rutina diaria. Todos los días a trabajar. Por la noche la taberna o el billar. Los fines de semana aburrido en la tranquilidad de su casa. El humo en el local ya irrita mis ojos demasiado y me hace salir. Ahora sí me queda claro: la situación es más seria de lo que la pintan. Es porque no hay solución. Es porque no hay cómo satisfacer a esa criatura rara llamada Homo Sapiens.
A la casa llego toda molesta. En diez años no han sido capaces de instalar una ventilación. Con razón tanta gente pregunta para qué nos ha servido esa famosa revolución.

Renata Sedlackova

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Página actualizada el martes, 4 abril 2000
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