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el zen fest (rave)
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Debo confesar que los raves siempren me han causado un poco de desconfianza. No es el interminable chizzzz-pummm del dance-trance, ni lo oscuro de los lugares donde se hacen. Tampoco son las lucecitas fluorescentes de emergencia, los tubitos esos que se rompen dentro de otro e iluminan por varias horas. No es ni siquiera las altas horas de la noche y extensa duración de tales eventos, ni el hecho de que los que se hacen en Medellín no se llaman raves sino after-parties, o que la policía parece atraída a ellos como si se tratara de moscas a un basurero
a ver qué encuentran. No, lo que me molestaba era la corta edad del público y el insufrible despliegue de los ya bien formados atributos de las noviecitas de los usuarios del Clearasil, todavía en el colegio o en primero de carrera
no hay quien aguante tanta tentación carnal, viejo. No me malentiendan, no es que me caigan mal los adolescentes (y mucho menos las adolescentes); yo también me tuve que estripar uno que otro barro, pero es que los nuevos imberbes de esta urbe son demasiado agresivos
El menos armado tiene una navaja en el bolsillo y, afuera, quién sabe qué en el carro del papá, parqueado bloqueando, precisamente, el mío. Hasta hace poco lo más cerca que había estado de un rave era en Visagra o Plastic, cuando existía al lado de Berlin. Pero en uno ponen salsa y cierran a las dos, y el otro se mantenía vacío hasta que se quebró. El problema, ahora entiendo, es que no había estado en un verdadero rave. Eso era.
Ahora en Miami me dice un amigo que tocaban los Chemical Brothers en el Zen Fest, que fuéramos. -Muy bien- dije. Al menos tocan los CB que son una rareza por estos lados. La entrada costaba US$45 y el evento empezaba a las 7 de la noche y duraba hasta el otro día, quién sabe hasta qué horas. Me tocó ir solo, pues el que me dijo en primer lugar se quitó, y porque a una amiga que nos iba a compañar le dió dolor de cabeza (cosa rara en las amigas preciso cuando uno necesita el soporte y la compañía en tierras lejanas). En fin, solo llegué. Al entrar, la seguridad era digna de una visita presidencial. Docenas de policías (malencarados, como en todo el mundo... qué cosa) con aparaticos detectores me revisaron hasta el último bolsillo
Pasé sin novedad (¿por qué no habría de hacerlo?
¡a mi que me esculquen! me dije literalmente). Una vez adentro, la cosa pasó de gris a negro (estaba muy oscuro)
y verde, morado, naranja, láser
Miles de personas se movían con la música. Unos mal, otros increíblemente bien... profesionales, diría yo. Estoy de reportero pensé, así que decidí no tomar
eso, y que cada trago costaba como siete dólares.
Por las próximas siete horas me dediqué a la tarea de voyeur involuntario. En varias ocasiones, caminando por ahí, ví nenas sin sus breves camisitas, abrazadas, besándose
una que parecía disfrutar con el hecho de que mi lengua estuviera trapeando el piso, le hizo cosas a la otra que francanente harían persignar al más degenerado de mis amigos (ninguno que trabaje en Elocio). La oscuridad es maravillosa les dije en Español y decidí afanadamente más bien buscar al grupo de la noche en otro lugar. No fue sino hasta pasada una hora adentro que me dí cuenta de que no había uno, sino cinco escenarios repartidos en el inmenso Centro de Convenciones de Coconut Grove. Cuando por fin alcancé el lugar al que iba, me tocaron sólamente dos o tres canciones
No importa, todo sonaba igual y quién me podía decir que esas dos cabecitas rubias detrás del arsenal de electrodomésticos sonoros eran los que realmente hacían tanto ruido. En los otros escenarios había básicamente lo mismo. Dj's haciendo música original, niñas haciendo lo que ya expliqué y muchas, pero muchas drogas sicodélicas. No exagero
el 80% de la audiencia estaba en algún estadío de ácido (LSD), éxtasis, Special K, GBH (¿?), ganja (marihuana, para los jamaiquinos) o cosas que todavía no se catalogan en la enciclopedia del viajero mental.
Entre las incontables curiosidades que ví, fue esta nueva moda de las mujeres de ponerse alitas de mariposa en la espalda, como Campanita, o la de las dentaduras postizas fluorecentes o el ya afamado tercer ojo pegado con sacol (me imagino, no sé) en la frente
En fin, me divertí como loco y salí a las siete de la mañana preguntándome: ¿cómo?, ¿se acabó?.
Varias cosas para resaltar. En todo el tiempo, en ninguno de los escenarios presencié una pelea o asomo de escaramuza alguna. A pesar de la no violencia imperante, cuatro personas murieron por sobredosis...en próximos años habrá leyes más rígidas para el expendio de estupefacientes. Por lo demás, oí variaciones de música electrónica o dance llamadas ambient, acid jazz, drum n' bass y jungle que realmente son diferentes si se oyen todas en el mismo lugar en espacios cortos de tiempo; y aprendí que el Zen Festival lleva cinco años y es el evento más grande de su tipo en Norte América, presentando cerca de 40 bandas y DJ's locales e internacionales. Aquí sí. Ustedes allá, no.
Juan Jaramillo
juan@elocio.com |
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