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los van gogh del van gogh

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Los colores brillantes, las pinceladas explosivas y la emotividad intensa de las cuadros deVincent Van Gogh lo hacen uno de los pintores más famosos y reconocidos en la historia del arte. Hoy en día sus pinturas alcanzan precios exorbitantes y los museos que se jactan de tener, así sea uno de sus lienzos se convierten instantáneamente en atracciones turísticas. Un pintor del siglo XIX que es tan famoso al final del siglo XX como Madonna, Michael Jordan o Leonardo di Caprio, no nos deja de parecer paradójico que durante su vida no se reconociera su genialidad artística y por desdicha tan solo se vendiera uno (si señores, uno) de sus espectaculares cuadros.
De esta forma, se me presentaba la oportunidad de la vida, algo más raro que una de esas visitas de cometa cada cien mil años: debido a la remodelación del Museo Van Gogh en Amsterdam, la colección completa de obras maestras que Vincent había dejado a su hermano Theo cruzaba el charco y se nos venía de vacaciones a la Galería Nacional de Arte en Washington, D.C. Y no estoy hablando de una docena de cuadritos sino de la colección entera. Naturalmente, Yo tenía que estar presente para celebrar la ocasión. Por tres meses, desde octubre 4 del ’98 a enero 3 del ’99 tendría a mi disposición la obra de Van Gogh para disfrutarla y apreciarla. Desde mi oficina en Miami llamé a la Galería y rápidamente descubrí que junto a mí se encontraban cientos de miles de personas que también deseaban disfrutar y apreciar a Vincent y sus lienzos. Los boletos para la exhibición se agotaron en... dos horas, y aquí me encontraba malhumorado porque esto era como tener los números ganadores de la lotería pero no tener la plata para comprar el quinto. En Internet me enteré que cada día regalaban dos mil pases de cortesía a las primeras personas presentes en fila e inmediatamente decidí comprar boletos para ir a Washington a probar suerte. El día de la verdad: el último del año mil novecientos noventa y ocho.
En Washington supe que era bueno estar tempranito en la cola y que la Galería la abrían a las nueve de la mañana. La noche anterior me fuí a la cama tempranito y puse el despertador para las cuatro. Por fortuna no estaba solo en mi demencia y había convencido a un amigo a despertarse conmigo a esa hora, tomar el metro y llegar a la Galería a eso de las cinco. Dadas las condiciones—un frío de miedo, estaba nevando y casi me quiebro la cadera en un resbalón en una calzada congelada—nos fue relativamente bien en la primera parte de la aventura. Con ansias nos acercábamos a la Galería y con cada paso se nos enfriaba más el alma y nos latía mas fuerte el corazón. Un par de cuadras antes empezamos a ver una nube de personas entre la nieve y la niebla, una cuadra y media antes parecía como una fila de 500 personas, a una cuadra eran como tres mil y al llegar nos dimos cuenta que eran como cinco mil los desdichados que se iban a pelear por las dos mil boletas gratis. ¡Qué injusticia! ¿Cómo es posible que esto me esté sucediendo a mí? Acaso no era la víspera de Año Nuevo y todo el mundo debiera de estar en casa preparándose para la fiesta. ¿De dónde salieron tantos turistas? Eso parecía una delegación de las Naciones Unidas, de seguro que había hasta antioqueños en la cola.
Cabizbajos empezamos la marcha de retorno no sin antes observar que las primeras 200 personas en la fila tenían algo en común: estaban sucios, cubiertos con cobijas, despeinados y con mal aspecto. Mendigos, personas de la calle, drogadictos. Sabíamos que Van Gogh era famoso pero no tan famoso para atraer este tipo de personas a una retrospectiva de su obra. ¿Qué es lo que está pasando? ¡¡Bingo!! Eran revendedores y estaban en la cola para conseguir los boletos y luego ofrecerlos a la entrada del museo. Al fin y al cabo, si te toca dormir en la calle pues duerme a la entrada de la Galería y gánate unos dólares por la incomodidad. Inmediatamente se nos alegró la mañana. Volvimos al hotel, a un desayuno calientito y a una siesta de recuperación. A las 10 estábamos de vuelta en el museo. Decidimos que lo máximo que pagaríamos por la boleta sería $100 dólares por persona y para nuestra sorpresa tan solo pagamos $30 por cabeza. La mejor inversión de mi vida y el mejor estímulo a la economía informal del Distrito de Columbia.
Adentro la multitud se agrupaba para ver los cuadros estratégicamente puestos en un laberinto de salones. El carboncillo de una mujer desnuda, agobiada por la pena; un grupo de mujeres esperando por unas barcas en una playa desolada; una familia alrededor de un plato de papas hervidas; un cangrejo muerto sobre una superficie verde esmeralda; cerezos en flor; concubinas orientales y vírgenes occidentales; algunos retratos; muchos autorretratos. La embriaguez del color y el embrujo de un genio. Me preguntaba ¿por qué nos gusta tanto la obra de Van Gogh y de los otros impresionistas? Me imagino que porque la entendemos—a diferencia de, por ejemplo, la obra abstracta de Jackson Pollock—y porque las personas y situaciones que representa están haciendo algo que a nosotros nos gustaría hacer: comiendo bajo la luz de unas velas, observando campos de trigo bajo el sol, montes de olivos, aves suspendidas en un cielo azul infinito, caminando por el parque un día de primavera, arreglando un hermoso bouquet de girasoles.
Y de esta forma se acababa nuestra aventura, salíamos del museo con nuestros recuerdos en la mano y un par de afiches para enmarcar y de vez en cuando rememorar esa encuentro que tuvimos, el último día de ese año, con el hombre que decidió que la mejor manera de catequizar al mundo no era a través de sermones desde un púlpito sino a través del arte

Rafael Araujo

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Página actualizada el martes, 4 abril 2000
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