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taxi extremo
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De todas las experiencias extremas que he tenido afuera, las más implacable y despiadada hasta ahora, no ha sido paracaidismo, buceo nocturno en aguas infestadas de tiburones, ni vientos huracanados a 5 mil metros de altura. No, lo más rudo ha sido montar en taxi en Medellín. En casi dos años de practicar este deporte a diario se me retuercen las entrañas en cada nuevo episodio. Involuntariamente, todos hacemos Taxi Extremo: Se me varó el carro, presté el carro, no tengo carro, usted decida. El caso es que para ir al trabajo todos los días tengo que montar en taxi. Me he tomado pues el trabajo de recopilar los momentos más difíciles, las experiencias más ásperas...
En una ocasión, yendo por unas fotos importantes para este periódico, me monté con dos socios en un taxi de modelo reciente. No sé si el taxista, al ver tres tipos, se asustó y pensó que haciendo un despliegue de testosterona podría disuadirnos de no atracarlo o algo por el estilo; o tal vez así manejaba siempre (me inclino a pensar en esto último), pero el asunto es que entre La Castellana y el segundo Parque de Laureles, estuvimos a punto de arrollar a varios peatones y darle por detrás a un par de señoras (¡Dios no lo quiera!). Frenamos en seco no menos de cuatro veces, y de los tres semáforos que visitamos en rojo, sólo uno lo pasamos cubiertos por el manto de la ley, pues coincidió que estaba en verde cuando literalmente volábamos por ahí. Al bajarnos, el Schumacher del subdesarrollo, sonriente, nos confesó que, con él, no habíamos visto nada: la hijue$@#*&%^$# de su novia... (sic) es una bestia pa manejar rápido esa vieja. Al Redentor le dimos gracias: su novia no hacía parte del gremio... aún.
Otro día me monté a un taxi con un chofer muy raro. Estaba bien vestido, era alto y parecía enguayabado. También se veía nervioso y se sobaba la cabeza con frecuencia. Acostumbrado a todo tipo de personalidades extrañas, no le presté atención. Pero él se encargó de que se la pusiera un segundo más tarde: parce, no se vaya a asustar pero llevamos un muñeco en la maleta... ¿Un muñeco? -le pregunté, creyendo que era ventrílocuo- Sí, una gonorrea que violó a una muchachita por el barrio y unos amigos mios lo quebraron y me dijeron que lo botara por ahí, y yo no he sabido qué hacer... Por temor a ponerlo más nervioso con la perspectiva de una carrera corta, lo dejé que me llevara a mi casa. Pagué con apuro y me bajé de allí blanco (más blanco no se puede) y sin habla, tal como un mimo.
No muchos días después, una mañana de lunes, tomé un taxi R12 muy maltrecho. El chofer se veía taciturno, pero curiosamente con ganas de hablar. Me preguntó si creía en embrujos. No, ¿por qué? (error craso: debí callar o ignorarlo). Es que me tienen embrujado, yo creo, pues este carro no para de vararse y ayer mi hijo de 15 años se voló en él y lo chocó... mire, allá adelante. Yo le dije que a veces había rachas de mala suerte, que no se preocupara... Ahí empezó el drama (el suyo y el mío): también le habían matado una hija de doce años en el barrio, en un tiroteo entre bandas... una bala perdida... Cuando lo miré, estaba llorando y me pidió que lo perdonara, pero que no podía más. Incómoda la situación (por no decir tristísima).
Había peores dramas que me esperaban en mi diván de pasajero. Cualquier noche de Noviembre, cogí un taxi en el centro. Como buen conversador le pregunté cómo estaba: pues, muy mal hombre. Al perro si lo capan varias veces. Fuí tan torpe como para preguntarle por qué: no, es que hoy es el aniversario de Armero y allá perdí a toda mi familia hace doce años. De ahí en adelante el pobre taxista me contó, también llorando (no puedo volver a salir sin mi caja de Kleenex), una historia de horror con ahogados, aplastados, gente corriendo despavorida y miles de muertes escabrosas entre el lodo, como sólo prodría haberlo hecho alguien que de veras estuvo allá.
Esas son algunas de las más duras, pero hay peores que me han contado amigos que también practican este deporte extremo. Como la del taxi que pasó pitando desesperado y unos tipos de la silla de atrás le mantenían la cabeza abajo a otro: un secuestro. O la del taxista que mató a la señora por cerrar la puerta duro, o de las eternas peleas por la devuelta que a veces pasan a las ligas mayores con insultos de carretillero y todo. Una vez, en el centro, un taxista se iba a bajar a pegarme porque le estaba pagando con un billete de 5 mil. ¡De 5 mil!. Otra vez me tocó un atraco en el taxi de al lado. El chofer me dijo que ni respirara para que no nos fueran a atracar a nosotros. En verdad una actividad peligrosa esta de usar los taxis de Medellín.
Pero hay más. Mi hermana, después de partirse el pie y abandonar el deporte hermano del que hoy hablamos (Bus Extremo), decidió practicar taxi, por unos días. Como andaba en muletas no podía pasar una transitada calle de la ciudad, así que tomaba el taxi que venía en su dirección y le pedía al taxista que volteara para dirigirse hacia el sentido opuesto. Pues bien, un taxista la insultó por pedirle eso y le ordenó bajarse mientras recitaba su propio Corán. Recientemente, me monté en un taxi... El chofer no tenía piernas, en serio, manejaba con las manos y unas palancas los pedales... Increíble (lloraba porque no tenía zapatos, hasta que vi a un taxista que no tenía pies). También me tocó otro con Mal de Parkinson avanzado que trabajosamente mantenía la mirada sobre la calle pero que no daba muestras de tener problemas con el pesado tránsito que lo rodeaba (menos mal que tenía la devuelta en billetes y no en menuda)... Es interminable la lista de historias.
Juan Camilo Jaramillo
juan@elocio.com |
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