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el salvoconducto

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Quienes, desde afuera nos ven con ojos más objetivos y más allá de los clichés creados por el narcotráfico, nos imaginan verde: ríos grandes, turbios y mucho verde... verde de selva (hablamos estrictamente del aspecto geográfico, pues sabemos que además piensan que usamos sombreros inmensos con lentejuelas). No piensan en montañas nevadas ni en desiertos, y si alguna playa se les atraviesa por la mente, generalmente es blanca con aguas azules y rastafaris... o sea, San Andrés.
Aquí casi todos sabemos que tenemos varios imponentes nevados, que hay desiertos inmensos y playas negras de origen volcánico con cascadas de agua dulce que bajan de la “manigua” al mar. También sabemos que los únicos colombianos (como grupo) que se conocen y “pasean” por todos esos parajes son los guerrilleros y que, nosotros, los otros habitantes casi involuntarios del país, tenemos que mirar primero un mapa de riesgos de orden público para poder salir. Con frecuencia hay sitios donde se puede ir pero no se puede llegar porque hay serios problemas en el camino. Dejemos aparte a los que no se puede ir porque no hay carreteras; eso es cuestión de desarrollo, no de orden público y es, de algún modo, beneficioso para los delicados ecosistemas tropicales como el Amazonas. En Brasil, por ejemplo, la construcción de grandes autopistas en medio de la jungla sólo ha traido destructivos colonos que acaban con cada centímetro cuadrado de la Selva Húmeda, y el país sigue igual de pobre y subdesarrollado. Algún político local antioqueño dijo una vez que era una vergüenza que Colombia fuera el único lugar de toda América en el que la Panamericana se interrumpía. Qué corto de mente, qué ciego, qué arriero, ¡no joda!, de los que no saben sino cortar árboles porque “eso es progreso”... no se si se han fijado, pero cuando uno sale del aeropuerto Olaya Herrera para el Chocó no se ve un sólo árbol hasta que se cruza la frontera de los dos departamentos. Triste.
En fin, lo que nos incumbe aquí no es la ceguera de nuestros gobernantes sino la surrealista situación de vivir en un “país paraiso” y no poderlo conocer. En conversaciones casuales con amigos que comparten actividades similares a las nuestras, o sea, tratar de viajar y sobrevivir al proceso, se ha llegado a la conclusión de que debemos pedirle a nuestro segundo presidente un salvoconducto tipo pasaporte que rece: “Déjenos conocer nuestro país”. En él estará el nombre, la profesión (aquí habrá que mentir un poco para evitar convertirse en objetivo económico-militar), la edad, el sexo y huellas digitales. En las páginas subsiguientes habrá espacio para que los jefes guerrilleros locales firmen o pongan su sello como cuando se entra a otro país. Pero ahí no termina esto. Debemos igualmente hablar con el tercer presidente de esta golpeada República para tener otro salvoconducto que nos permita movernos con libertad, por las ex-zonas guerrilleras, ahora paramilitares. Una barba mal cuidada puede ser la excusa que necesiten los paras para confundirlo a uno con el Ché y terminar sin cabeza en alguna fosa común en un Parque Natural Nacional cerca a Urabá. Estamos dispuestos a pasar por rigurosos exámenes de filiación política (somos neutros, lo juramos). Presentaremos nuestras poco abultadas declaraciones de renta para comprobar que no somos secuestrables, nos someteremos a exámenes físicos, y hasta de rayos X para buscar micrófonos o cámaras diminutas ocultas. Prometemos no traer amigos gringos sospechosos de ser de la CIA. Someteremos nuestro ADN a escrutinio para comprobar que somos latinos y no ser tomados por espías infiltrados, como le pasó al pobre ciclista ruso (seguramente sobrevivió a los campos de trabajo forzados de Siberia), que venía pedaleando desde Argentina y terminó muerto nada menos que en Dabeiba, Antioquia. Tirofijo, Fidel (o Carlos, que sé yo): permítanos conocer nuestro país.

Juan Camilo Jaramillo

juan@elocio.com

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Página actualizada el martes, 4 abril 2000
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