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¿trata de blancas?

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Tenía un entonación familiar y era muy, muy bonita. Cuando me acerqué para preguntarle de dónde era me dijo: soy argentina. Sabiendo que era mentira, pues su acento no podía ser menos que colombiana, le dije: ¡si ufff, y yo soy del Congo Belga!. Me empecé a alejar caminando por una de la callecitas de la Zona Roja de Amsterdam, pero la muchacha se arrepintió de haber mentido y salió caminando detrás diciéndome, ya sin fingir para nada su procedencia: soy de Bucaramanga, ¿y de dónde sos vos?. Yo me volteé y le respondí: de Medellín, y ella es gringa –añadí señalando a quien me acompañaba, y había observado la escena desde una distancia prudente–. Mi ahora exesposa, se encontraba evidentemente disgustada conmigo, pues le había dado pena que yo abordara a una prostituta en la calle para preguntarle de dónde era. La verdad es que a mi ex la llevaba engañada a ese lugar diciéndole que ibamos para la zona cultural de la ciudad. Yo manejaba siempre los mapas en los viajes y ella no decía nada, así que me aproveché. Habíamos discutido si ir o no a conocer esa misma noche que llegamos a Amsterdam, la Zona Roja más famosa del mundo. Objetó que seguro era muy peligrosa, y que en Amsterdam había muchas otras cosas bonitas, como el museo de Van Gogh, por ejemplo. Pero uno no va a Holanda, y menos a Amsterdam, si su intención no es conocer de cerca el oscuro y delicioso mundo del sexo. Van Gogh, en este caso, era secundario.

Cuando se dió cuenta dónde estábamos, ya era muy tarde. Era el pleno centro de la Zona Roja, y el espectáculo era simplemente maravilloso. Había sexo por todos lados: proxenetas, tiendas de videos colorados, putas de todos lados del mundo, de todos los colores y tamaños, gente vendiendo su cuerpo desde unas pequeñas vitrinas de no más de dos metros cuadrados con una cortinita que dejaba ver los pies en acción. En algunos lugares donde presentaban sexshows, tenían monitores hacia la calle donde se podía ver todo lo que sucedía adentro, en vivo. Había tipos que pregonaban en voz alta lo intenso, lo caliente de lo que pasaba allá, e invitaban a todos a unirse (literalmente) a la orgía. Mi ex estaba aterrada, pero después de unos minutos no pudo ocultar su curiosidad, y aunque no se atrevía a entrar a ninguno de esos oscuros sitios, sí se quedaba mirando los monitores, y me decia: mirá eso, ¿si será verdad?… era una tipa metiéndole ambos puños a otra por allá y empujando con fuerza mientras el público estupefacto aplaudia y la "víctima" ponía cara de éxtasis.

Sexo. Eso era todo lo que se veía alrededor… una ciudad maravillosa –pensaba yo– mientras seguíamos caminando entre miniprostíbulos de vitrina y prostitutas descansando y hablando en la calle.

¿Como es que te llamás?, le pregunte a nuestra compatriota, quien desde un principio no ocultó cuál era su profesión… Yelitza –respondió– Yelitza no más… ¿Cuánto llevan en Amsterdam? –preguntó ella a su vez–. Apenas unas horas –respondimos–. Ya tenemos hotel y queríamos conocer esta vaina de cerca. Venga, yo estoy descansando, y uno casi nunca ve turistas colombianos por aquí. Vámonos a tomar un café y nos conocemos, –nos dijo Yelitza–, quien aparentaba unos 23 ó 24 años, cabello negro largo, mediana estatura y parecía de clase media baja. Yo llevo putiando tres años aquí, y le mando plata a mi mamá en Bucaramanga. Mi hermanito está en la universidad y con lo que gano montamos además un negocito que sostiene la casa.

Era evidente que Yelitza se quería confesar, y yo definitivamente quería escuchar. En una hora, donde tomamos no sólo café sino casi una botella de vodka entera, nos contó que lo de trata de blancas era mentira, que todas ellas se venían (literalmente) para Holanda, Italia o Francia, por gusto propio. Es mejor ser puta aquí que en Colombia –nos decía–. Yo me tiro diez manes al día, algunos unos papitos de verdad, otros feitos, pero todos me pagan de a US$50 cada uno, haga la cuenta, son cómo 10 mil dólares al mes. Le mando a mi mamá cinco y vivo con los otros cinco porque aqui es caro, además le tengo que pagar al pimp (proxeneta) por la vitrina US$60 diarios.

Nos dijo que tenía un apartamento cerca, en una zona elegante, y que para poder estar en Holanda estaba casada con un viejito al que también le ayudaba un poco con dinero. Nos dijo que había muchísimas colombianas y latinas en esa zona, y no sólo mujeres, sino hombres también. Que las más cotizadas eran las holandesas que eran casi siempre una verdaderas reinas y que no eran de Amsterdam sino de pueblitos alejados. Trabajaban unos meses, y luego se esfumaban para que no las descubrieran sus familias. Nos dijo que tenía una tía joven que vivía con ella y de vez en cuando trabajaba, pero que lloraba mucho y no se acostumbraba a dárselo por ahí a cualquiera. Nos contó además que siempre usaba condón y que si el cliente no quería, lo echaba a patadas. Que al lado de la silla o el catrecito donde se tiraba los tipos, casi siempre parada, tenía un botoncito que apretaba en caso de que la cosa se le saliera de las manos o quisieran maltratarla. En un segundo llega la Policia y se los lleva. También nos dijo que se había enamorado de un cliente, un marinero gringo que la visitaba mucho pues era de una base militar norteamericana en Alemania, y venía con frecuencia sólo a estar con ella. Que le había propuesto matrimonio, y nos mostró una foto del gringo.

Ya medio borrachos nos invitó a su apartamento a comer arepa con huevo, que mi tía cocina muy rico. Cuando llegamos, nos sorpendió lo bonito del lugar y el buen gusto de nuestra improvisada amiga. La tía, una señora de unos 35 años, era muy formal pero no hablaba mucho, y le daba pena que Yelitza no dejara de comentar de su dudosa profesión. Que va, si esto es un trabajo como cualquiera, y hasta más duro, ¿cierto paisita? –reprochaba–.

Yeli nuca nos insinuó nada, no nos ofreció sus servicios, me imagino que le dió pena. Sólo quería hablar con un compatriota, contar su historia a dos desconocidos que no la juzgaran ni la miraran por encima del hombro por ser lo que era: prostituta. Se quería casar y dejar el negocio, y seguro lo iba a lograr pronto. No estaba traquetiando como muchas amigas de ella que hacían las dos cosas… la ambición... Eso si no; yo no trafico sino con mi cuca, que para eso es mía, –nos dijo al final, ya muy ebria–. Nosotros estábamos igual, así que nos quedamos a dormir en su apartamento un par de horas, mientras amanecia. Muy temprano, sin que se diera cuenta, nos fuimos al hotel a pasar la resaca. Al medio día volvimos a ver si la encontrábamos para que nos diera su teléfono, y quedar de amigos: no fue posible. Del apartamento no nos acordábamos, así que Yelitza se perdió. No nos quedó más remedio que acabar de conocer a fondo la Zona Roja, y eso fue lo que hicimos a conciencia. Terminamos esa tarde pasándola en un Coffee Shop, como se les llama a los barcitos de Amsterdam donde, además de alcohol, se ofrece, cubierto por el manto de la ley, todo tipo de drogas "suaves", como el éxtasis, la marihuana y el haschisch… Nada de heroina o cocaina, nos advirtieron en la puerta del Hard Rock Café de Amsterdam, el único de todo el mundo donde se venden estupefacientes, legalmente… Pero esta historia es para un próximo número de elocio: drogas.

Juan Camilo
Jaramillo

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Página actualizada el jueves, 15 junio 2000
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