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Intencionalmente, había evitado hablar del rafting desde el primer número de elocio. Leía tantos artículos en los otros periódicos que decidí esperar hasta que la goma pasara.
Fué de las primeras actividades extremas que practiqué en este país luego de un largo autoexilio, y tengo algo que confesarles: es la única en que la muerte ha intentado asomarse de cerca. Nunca he tenido problemas en el resto de aventuras
pero en esta, no sólo casi me ahogo, sino que ahogo conmigo a mi esposa y varios amigos. La primera vez no fue tan complicado. Fue en Ecuador, donde la industria se ha desarrollado lo suficiente como para que la mayoría de las compañías que ofrecen el servicio (a un promedio de US$50 por persona) tengan un record perfecto de acciden-talidad. El río por el que bajamos fueron realmente dos: El Blanco y el Toachi
o sea, empezamos en el río Blanco, que estaba crecido, y desembocamos en el Toachi, más crecido aun. Sin embargo, y a pesar de los rápidos clase cuatro que nos tocó sortear, nuestro guía canadiense nunca nos dejo voltear y la experiencia fue muy gratificante para todos los que, como primíparos, ensayábamos dicho deporte. Ese, después, fue el gran problema, pues la segunda vez que decidimos hacer rafting lo hicimos en los rápidos de Chirapotó en el Río Cauca, en pleno invierno.
Confiados por la primera experiencia, casi que convencimos al dueño de la compañía que opera en esa región, de que no importaba que el río estuviera crecido. Este aceptó a regañadientes, y salimos a lo nuestro sin saber lo que nos esperaba. De entrada hubo dos problemas: uno, el del río embravecido, que no se veía como tal desde donde partimos, y dos, el guía. Muy pero muy inexperto, no atinó una el pobre. En los primeros 200 metros, el río y la inexperiencia voltearon la balsa, y desde ese momento nunca pudimos quedarnos en ella por más de cinco minutos. En el último rápido (clase cinco, tal vez), todos quedamos debajo de la misma y luego nos dispersamos hasta el punto de no vernos, ni ver el bote. Ocho personas en el agua, cuatro de ellas mujeres (esposas, novias, etc
afortunadamente no había mamás) tragaron, por un aterrador rato, más de la dosis diaria personal permitida de agua del Cauca (¿se necesitan más explicaciones?). Palos, y todo tipo de basura de río nos golpeó y zarandeó por cerca de 20 minutos hasta cuando finalmente, y faltando sólo 100 metros para el siguiente rápido, todos pudimos montarnos de nuevo al bote a remar como verdaderos desesperados para alcanzar la orilla. No pocos remos se perdieron, lógico, en el susto; varios integrantes de la accidentada correría simplemente los soltaron. Debo confesar que la anterior historia fue la parte más fácil del paseo. Lo difícil fue enfrentarlas
a ellas. Desde entonces, explicar y convencer a nuestras parejas para que salieran con nosotros a tomar tinto a la esquina ha sido prácticamente imposible. Luego de varias semanas de silencio sepulcral y miradas asesinas, mi esposa sólo dijo muy seria: ¡irá su abuelita (la pobre) a acompañarlo a esas cosas!, porque lo que soy yo nunca más, ¿me oyó?"
y luego de una pausa: ¿por qué no podías escribir la columna de cine mejor? No, tenía que ser la de Afuera
vea a Braulio como es de juicioso; no se mete en problemas.
Dicho y hecho. Al próximo rafting la pobre no fue. Esta vez Chile fue el país anfitrión. En Chile, la industria del rafting está tan o mejor desarrollada que en Estados Unidos y los ríos tienen fama de ser los mejores del mundo. No sólo sus rápidos son espectaculares, sino que las aguas frías que bajan de la Cordillera de los Andes son totalmente cristalinas y puras. La aventura esta vez fue en el río Peulla. Los rápidos no pasaron de clase tres y la verdad no fue tan "emocionante" como en el Cauca, pero al menos la tragada de agua no causó fiebres y desórdenes estomacales graves a nadie.
El rafting es bastante divertido, incluso cuando se cae al agua; pero hasta que la industria no esté mejor desarrollada en nuestro país, no creo que vuelva
a invitar a mi esposa a hacerlo. Ríos como el Chicamocha, el Buey y el Arma están esperando ser verdaderamente explotados en este sentido. Cuando la guerrilla nos deje, eso sí.
Juan Camilo Jaramillo
juan@elocio.com |
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