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eco-challenge 99, argentina
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Todo el mundo me pregunta lo mismo (los que me creen, por supuesto): ¿cómo hiciste para ir al Eco-Challenge?,
¿y cómo así que trabajaste para ellos?
Simple les digo: Internet
llené un formulario en Internet, me aceptaron y por eso fuí
No me pagaron, pero me dieron el hotel, la comida y una chaqueta hermosa. Eso fue todo les cuento a los más curiosos.
Por tres semanas pues, un infiltrado de elocio estuvo trabajando para la última versión del Eco-Challenge en Argentina, más concretamente en la Alta Patagonia, provincia de Rio Negro, famosa por su ciudad, Bariloche. Esta es la breve historia de esa aventura:
En una columna anterior (ver "archivos e", elocio # 15) explicamos de qué se trataba esta famosa carrera de aventura: por un terreno a la vez hostil y hermoso, 50 equipos de 4 personas cada uno (entre las cuales debe haber por lo menos un miembro del sexo femenino), recorren cerca de 500 kilómetros caminando, a caballo, remando en kayak por lagos o rios, escalando montañas y sorteando todo tipo de barreras naturales como acantilados y rápidos. Casi sin dormir y comiendo apenas lo suficiente, los equipos tardan entre 6 y 10 días para completar el recorrido, y ganar 50 mil dólares, premio al primer lugar.
A finales de noviembre llegué a Bariloche donde me estaba esperando en el aeropuerto una persona de la organización que me explicó que yo era uno de los cerca de 50 voluntarios que iban a trabajar ese año en toda clase de tareas, desde relaciones públicas hasta seguridad en la montaña y los rápidos. Nos hospedaron en un club de ski en la Villa del Cerro Catedral, a unos 20 kilómetros de Bariloche. En los primeros tres días tuvimos varias reuniones donde se nos informó la naturaleza de nuestras funciones antes y durante la carrera, y nos dieron el equipo básico: radios, linternas, filtros de agua, etc. Además, nos mostraron el recorrido de la carrera que debía ser mantenido en secreto hasta el día anterior al inicio de la misma, cuando se les entregaba también a los competidores. Mi función era realmente simple pero de bastante responsabilidad. Me habían asignado un puesto de control de competencia. Estos sitios, llamados PCs (Passport Control), son los puntos obligados por donde los equipos deben pasar durante el recorrido. Su función principal es la de marcar la ruta general y la ubicación exacta de los equipos durante toda la carrera (los competidores pueden escoger el camino que deseen entre PC y PC pero no pueden evitarlos pues quedarían descalificados). Los encargados de los PCs, deben firmar un pasaporte especial que llevan los equipos con ellos, y que deben presentar cuando llegan o salen del PC. Una vez la información es tabulada, se llama por radio al comando central donde la información es ingresada a un computador que mantiene así un registro de dónde exactamente está cada equipo, y en qué condiciones. Mi PC estaba en la parte más compleja y peligrosa de la carrera: la alta montaña. Era el número 23 y se encontraba en un recodo en la nieve, entre dos glaciares. Los competidores llegaban al PC luego de escalar la cima del Nevado Tronador, y de haber caminado por el hielo casi un día entero. Afortunadamente para ellos, el PC 23 era además un refugio de montaña donde podían comer y dormir si así lo deseaban. Como ven pues, la suerte estuvo de mi lado. Además de tener una cama, me podia guarecer de las frecuentes tormentas, y no tenía que cocinar dentro de una carpa como en otros Puestos de Control.
Estuve en la partida primero, ayudando con la logística. Luego nos llevaron a los encargados de los PC 11 hasta el 28 al comando central en la base de Nevado Tronador. De allí, a medida que la carrera transcurría, ubicaban el personal de los PCs en helicóptero. Mi turno llegó finalmente en el clima más inapropiado para volar esos frágiles aparatos. Dudando, me subí a la nave que en cinco minutos llegó a su destino. Lástima que no se podia ver muy bien por la nevada furiosa que caía y los vientos huracanados. Esto no pareció conmover al piloto canadiense que con voz fría y calculadora me dijo ¡get out now! sin haber aterrizado. Realmente nunca lo hizo. El viento estaba tan fuerte que sólo apoyó una de las patas mientras yo saltaba aturdido, y de adentro arrojaban los morrales con el resto del equipo. Lo siguiente que recuerdo es estar agachado y el helicóptero despegando a sólo un metro de mi cabeza. Luego del estupor, me dí cuenta de que no tenía los guantes puestos y que el frío estaba por arrancarme varios dedos. Agarré un morral, que para ese entonces ya estaba semienterrado en la nieve, y corrí hacia el refugio. Allá el dolor en las manos me obligó a esperar un rato antes de arriesgarme a salir por el resto de las cosas. Mientras tanto, cuatro pares de ojos femeninos miraban curiosos qué estaba haciendo yo en medio de la tormenta
luego me enteré que dos de ellas eran las refugieras y las otras dos un par de mochileras jovencitas que el temporal había obligado a permanecer allí. Después de acomodarme me contaron que llevaban dos días sin poder salir siquiera, pero que parecía que el mal clima iba a cesar pronto. En efecto, al día siguiente, para mi suerte y la de los competidores que venían montaña abajo, el sol hizo su aparición. El primer equipo en llegar fué el que finalmente ganó: Greenpeace de Nueva Zelandia. Era el quinto día de carrera. De ahí en adelante 40 equipos más pasaron por mi PC. No pegué el ojo pues éstos llegaban a cualquier hora del día o la noche, implorando posada y comida. Por lo avanzado de la carrera, la mayoría requería algún tipo de asistencia, desde un sanitario hasta ayuda médica o simplemente dormir, así fuera sólo por 30 minutos. Además, por la accesibilidad y el espacio en el refugio (el cupo era para 80 personas), fuera de mí, estaba también un equipo de filmación del Discovery Channel, guías de seguridad de montaña y en algunos momentos hasta 50 periodistas de todo el mundo cubriendo el evento... un verdadero circo.
En esos 10 días, en los cuales no pude bañarme ni cambiarme de ropa, conocí gente verdaderamente interesante, como Pat Morrow, un camarógrafo del Discovery que es uno de los escaladores más famosos del mundo y la primera persona en haber alcanzado las cimas más altas de cada continente, hazaña que incluye al Everest, el Aconcagua, el Kilimanjaro y el McKinley, entre otros picos. También aprendí a esquiar en la nieve, escalé el Tronador, me enseñaron a tomar mate argentino (vicio que me dejó este viaje), conocí cerca de 150 competidores, ví cóndores de los Andes volando a tres metros de mi cabeza, me asusté una noche con un zorro de nieve cuyos verdes ojos me siguieron cuando caminaba solo por el glaciar después de acompañar a un equipo hasta las cuerdas de descenso... en fin, una aventura realmente interesante desde cualquier punto de vista menos el higiénico, creo. Ya estoy apuntado para el próximo Eco-Challenge. Será en agosto, en la isla de Borneo
espero asistir y traer más historias para elocio.
Juan Camilo Jaramillo
juan@elocio.com |
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