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¿tirarse de un avión?
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Suena descabellado, es cierto, pero así igual es de divertido. He oído a varias personas compararlo con el climax carnal y éste sale generalmente perdiendo. También he oído a otros decir primero muerto que tirarme de un avión.
En todo el mundo hay escuelas de paracaidismo que para atraer potenciales clientes, ofrecen algo reservado sólo para los expertos: un primer salto con caída libre de un minuto. Obviamente el salto se hace en muy cercana compañía de un instructor. El asustado alumno está literalmente amarrado al maestro en una modalidad de salto llamada tandem , que literalmente significa: uno enganchado adelante del otro.
Voy a relatar la experiencia desde mi propio punto de vista...la del enganchado adelante.
Me citaron a las 8 a.m. en el campo de paracaidismo de Sebastian cerca a Fort Pierce, Florida. Dijeron que saltaría por ahí a las 12 m. Mi reacción a esas cuatro horas de espera fue positiva. me van a dar una instrucción completa antes de saltar, pensé. Ya a esa temprana hora había aviones saliendo con grupos de paras obviamente profesionales a juzgar por su indumentaria. Vestidos coloridos, muchas hebillas, ganchos, mosquetones, cascos, y sobre todo: ausencia total de calzado. Créanme, esos tipos se arrojan al vacío descalzos. No se por qué.
Sólo habíamos tres candidatos para la modalidad de tandem. Nuestro salto solo costaba US$150 más US$75 por un video que te toman de toda la experiencia. Sí, seguro que uno puede saltar sin que lo filmen... Pero... ¿quien lo creeria después?. El video es básico en este cuento.
A las 10 (dos horas menos de instrucción), no se veía al profesor por ningún lado. La tensión aumentaba. Yo trataba de descifrar quién iba a ser mi maestro de salto. Había algunas mujeres instructoras y al comparar su apariencia con la de los hombres, cada vez me convencía más que quería saltar con una de ellas. Los tipos se veían muy charlatanes para mi gusto en este tipo de situaciones. Todos descalzos, melenas muy largas, no sé, sospechosos de no ser serios. Las mujeres, en cambio, no tenían nada en común con ellos (a parte de los cabellos largos). Emitían una energía diferente. Serias, no charlaban, miraban con atención sus paracaidas al envolverlos: se veían profesionales. Que me toque una vieja, no joda, rogaba yo. A las 11 me llamaron por un micrófono y nos entraron a los tres novatos a un cuarto. Por fin, al menos, una hora de clase. Me equivocaba. Nos hicieron mirar un video de unos minutos. ¡Un video! Se veía un salto de un novato como nosotros haciendo todos los movimientos necesarios. Saltar, poner los brazos en el pecho, esperar la señal del instructor para abrirlos, gritar por un minuto, abrir el paracaidas, llegar a tierra. Todo muy fluído, muy fácil.
Salimos de allí con semblante muy pálido. Era obvio que estos locos no nos iban a dar ninguna clase de nada. Sólo nos iban a amarrar a ellos y a dejarnos caer sin misericordia... después de haber cobrado. Para colmo de males un amigo, experimentado paracaidista, nos dijo, muy serio, que en caso de algún problema en el salto, el instructor simplemente se trataba de salvar solo; que lo desconectaba a uno y lo dejaba a su suerte. Ahora suena gracioso. Bajo la tensión de esos momentos preliminares al salto, parecía una posibilidad real. Yo haría lo mismo, se me ocurrió.
Finalmente, faltando 15 minutos para la hora indicada, se oyó por el altavoz que estaban asignando instructores a los novatos. Yo oí el nombre Uva y respiré (además me pareció curioso pues tenía una tía muerta llamada Uva). Una mujer dije, ellas son serias, son cuidadosas. Gracias. Pero estaba equivocado. Se me acercó un tipo grande, de cola de caballo, mono y sin zapatos. Me dijo hi, I am Uwe. Mierda -pensé-, preciso me toca uno con nombre de tía. Uwe se ponunciaba Uva. Era sudafricano y parecía buena gente. En 5 minutos (¡sólo cinco minutos!), me explicó qué tenía que hacer. Se veía sencillo. Luego se acercó nuestro camarógrafo, también descalzo, de nombre más común: Mike, y con voz temblorosa le preguntó a Uwe: ¿tomaste la medicina viejo? El otro respondió preguntando: claro... ¿quieres un poco? Y ambos se rieron mirándome. Muy graciosos... Apuesto a que las instructoras no hacen eso -me dije-, y los miré feo con una sonrisa entre fingida y nerviosa.
En el avión éramos 25 personas. El piloto, y les juro que esto es verdad, iba ¡sin zapatos!, el copiloto, 17 paracaidistas, tres instructores y tres novatos. El avión no tenía puerta. Se elevó rápidamente a 13.500 pies donde Uwe me indicó que era hora. Se paró detrás de mi y me enganchó a su arnés en posición que habría considerado muy comprometedora en otras circunstancias. En un segundo se armó una fila y uno por uno los de adelante desaparecían por la puerta. Había llegado al punto de no retorno. El camarógrafo iba al frente. Cuando llegamos a la puerta se colgó de afuera como si se tratara de un bus Circular Sur a la 6 p.m.., y filmó mi aterrorizada cara que miraba estupefacta al vacío. ¡Y saltamos!. Tres segundos después Uwe me dio palmadas en el hombro para que abriera los brazos y empezara a volar (aproveché para abrir los ojos también). No hay palabras para describir la sensación. Se cae a más de 100 kilómetros por hora. Se vuela realmente. Por un minuto entero se gira, se grita, se rie y se posa para el camarógrafo que voltea alrededor haciendo que esos US$75 dólares valgan de verdad muchos miles más. Es el minuto más intenso que se pueda tener.
Con una señal preconvenida, Uwe me indica que tome una tira y hale para abrir el paracaidas. En solo un nano-segudo se pasa del minuto más intenso al más pacífico (salvo por el apretón genital del arnés al abrirse el paracaidas). El silencio es total, sólo se oye el viento contra la tela. Por unos 6 minutos más se maniobra con tirantes especiales la caída para llegar sin contratiempos a un círculo blanco al que invariablemente nuestros 17 colegas (ya los podemos llamar así, creo) anteriores llegaron. Por eso no necesitan zapatos. Siempre le dan al blanco.
El paracaidismo de caída libre es una actividad extrema, de eso no hay duda. No es para corazones débiles, pero contrario a lo que se pudiera pensar, es también una actividad segura. Si tiene dudas le podemos decir que es más peligroso caminar o manejar en viernes por la noche en Medellín que tirarse de un avión como lo hicimos en Elocio.
Juan Camilo Jaramillo
juan@elocio.com |
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